La autocompasión implica reconocer el momento por el que estás atravesando y honrarlo.

Honrarlo?

Si, honrarlo.

Con esto quiero decir que contextualices eso que te pasa… Te sientes así por el contexto, no “por qué si”.

La autocompasión no nos detiene ni nos limita. Nos permite darnos la chance de estar en donde estamos. De comprender que, si bien todavía no estoy donde quiero estar, ya voy a llegar.

Cuando encontramos haciendo cambios la autocompasión es un pilar.

¿Por qué?

Porque al mirarme con compasión comprendo que estoy atravesando por un proceso. Qué mejor que dar pasos de bebé cuando estoy en un proceso, porque en los procesos (casi) siempre, en algún momento, se vuelve para atrás. Si se realizan desde cero saltos gigantes, en algún momento se volverá gigante. Los pasos de bebé nos permiten volver poquito también. En esas vueltas se aprende y bastante, a no tenerles miedo. Sirven para arrancar después con más fuerza.

Lo perfecto no es la norma. Aspirar a ello nos va a llenar de frustraciones porque los estándares a alcanzar son imposibles. A base de palabras duras no vas a sacar buenos resultados. Uno de los puntos claves en los que se apoya la autocompasión, entonces, es en el autodiálogo constructivo, no destructivo.

¿Revisas periódicamente como te hablas a vos misma cuando las cosas no salen como esperabas?

El éxito y el cambio no está en el juicio duro a uno mismo. El éxito entendido como un constructo propio y no sacado de estándares sociales a los que no cuestiono y obedezco de manera ciega. Ser compasiva conmigo es preguntarme por esos parámetros que me hacen daño y que no aportan a mi edificación.

Sos vos, con tu forma de hablarte cuando te caes, la que determina si te caes en un bache o en un pozo ciego…

 

Autora: Mariana Romero