Pero en verdad.. ¿Qué es ser madre? ¿Cómo podemos imaginar o desear aquello que nunca experimentamos? ¿Qué conlleva ese deseo tan profundo?

¿Es la búsqueda de una reparación —sanar la imagen de madre que tuviste— o, por el contrario, el anhelo de ofrecer ese amor que sí recibiste a alguien que crece adentro tuyo?

¿Una se prepara para ser madre?
¿En qué momento sabés que lo deseás?

Y, sobre todo… ¿qué pasa cuando no podés?

¿Qué pasa cuando eso que “todo el mundo” parece dar por hecho —ese supuesto destino final de trascender a través de un hijo— no ocurre?

La infertilidad se choca con una idea muy instalada: que el “curso natural” de la vida es nacer, crecer, reproducirse. Cuando ese camino se interrumpe o se vuelve incierto, no solo duele el cuerpo: duele el relato de vida que habías imaginado.

Por eso la infertilidad es un duelo complejo. Y muchas veces, un duelo invisibilizado.

No hay un objeto concreto que se pierda. No hay una despedida clara. Entonces socialmente no se lo reconoce como pérdida. Pero lo que se quiebra es el ideal: la imagen de la familia soñada, el rol que esperabas desempeñar vos, la escena futura que decorabas con tu fantasía. 

No poder concebir —o no lograr sostener un embarazo— es una herida en el guión de vida que deseabas para vos… 

Y empiezan a aparecer emociones ambivalentes, difíciles de nombrar y aún más difíciles de compartir:

Dolor… y alegría genuina por los embarazos de amigas o familiares. Ilusión… y agotamiento. Esperanza… y desesperanza total. 

Te volvés prisionera del calendario. Experta en ciclos menstruales, ovulación, dietas de fertilidad, tratamientos. Vivís oscilando entre “un intento más” y “no puedo más”.

Y aparece, muchas veces, la pregunta más profunda y más temida:

“¿Me voy a quedar afuera de algo?” “¿Me voy a perder algo asombroso de la vida?”

La respuesta honesta es: sí. Y por eso duele… 

Hay una pérdida futura, anticipada. Se llora lo que imaginabas, lo que deseabas que fuera. Se llora una versión de vos misma que tal vez no llegue a existir.

Pero —y esto es importante decirlo con cuidado y respeto— ese duelo no significa que te estés perdiendo lo único asombroso de la vida.

No significa que una vida sin hijos sea una vida incompleta.
No significa que vaya a haber menos amor.
Ni menos vínculos.
Ni menos familia.

El amor no se agota en una sola forma. La trascendencia no tiene un único camino. Y la identidad femenina es mucho más amplia que la maternidad, aun cuando el deseo de maternar haya sido muy profundo.

Si estás atravesando este proceso, no estás exagerando tu dolor. No estás siendo débil. Estás elaborando una pérdida que no siempre tiene permiso social para existir, pero que existe igual.

Y como todo duelo, necesita tiempo, palabras, sostén y mucha compasión hacia vos misma. Pero, sobre todo, necesita espacio: para hablar, para llorar, para enojarte, para cansarte.

Darte ese espacio no es amargura. No es derrota. Y no significa que te estés rindiendo.

Es importante que sepas que no estás sola. Que podemos quitarle el tabú a esas ambivalencias que sentís —porque son humanas— y que ponerlas en palabras alivia.

Es verdad: las alegrías compartidas se multiplican y las tristezas compartidas se dividen.

Y este dolor, cuando se comparte, pesa un poco menos.

 

Autora: Belén Carriquiri

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